Matrimonios Amigos

Mi Ama Aurora, mi mujer, tiene una fuerza excepcional en las manos. Ninguna de sus amigas se le parece en esa cualidad.

Solemos jugar al spanking cuando nos juntamos las cuatro parejas en nuestras reuniones.

Soy el varón spankee preferido de Sara, Leticia y Julieta; las tres coinciden en que mis nalgas son más robustas y turgentes que las de Félix, Gustavo y Antonio, sus respectivos, y se satisfacen más azotándome a mí. Además, soy más aguantador que cualquiera de los tres.

Una vez Leticia, jugando, me flageló con el cinturón que Gustavo le acababa de obsequiar por su cumpleaños. Era un cinto de cuero de como cinco centímetros de ancho y tenía una hebilla enorme con una L y una G en relieve. Yo estaba apoyando mi pecho sobre la mesa del jardín, cerca de la pileta de natación. Leticia, en bikini como las otras tres mujeres, me había bajado el slip hasta las rodillas. Yo bramaba y me retorcía de dolor a cada rebencazo, pero volvía a levantar el culo hambriento de paliza.

No sé en qué habría terminado aquello si Mi Ama Aurora, al verme el culo marcado de tantas L-G, no hubiera intervenido para interrumpir el azotamiento y poner orden.

Mi Ama Aurora increpó a Leticia por la ferocidad con que me había azotado y decidió tomarse venganza en el pequeño culito de Gustavo. Le exigió a Leticia que lo sacara de la pileta en que estaba haciendo la plancha y lo trajera de una oreja.

Mi Ama Aurora hizo inclinar a Gustavo sobre la mesa del jardín en idéntica postura en que Leticia me había colocado para azotarme con el cinturón, le bajó el slip hasta las rodillas y le aplicó una sonora azotaina a mano limpia.

Al terminar la paliza, las nalguitas de Gustavo quedaron de un color morado parejo que testimoniaba una zurra magistralmente aplicada.

Mientras Aurora descargaba su furia sobre el redondo y diminuto culito de Gustavo, Sara, que acababa de salir de la pileta, se apiadó de mí al ver las profundas marcas L-G de la hebilla en mis nalgas, que estaban a punto de sangrar.

Se sentó sobre uno de los bancos de plaza que hay en el parque y me hizo recostar sobre su regazo con el culo bien para arriba.

“Esta Leticia te dejó el culo a la miseria” dijo, observando detenidamente mis nalgas flageladas.

Sacó de su bolso un frasco de vidrio y un paquetito de algodón.

Mientras impregnaba un vellón con el líquido del frasco, poniendo en su voz toda su dulzura, me dijo: “Esto te va a arder mucho, Eugenio, pero te va a cicatrizar rápido ese culito lastimado. Mañana vas a estar bien”.

Sara rodeó mi cintura con su brazo izquierdo y, con un tono aún más tierno, me dijo: “Levantá bien el culito, Eugenio.”

Mi Ama Aurora seguía ensañándose a mano limpia sobre el culito desnudo de Gustavo ante la mirada resignada de Leticia, su mujer.

Una repentina sensación de frío en mis nalgas fue seguida de un intenso ardor que me calaba hasta los huesos. Una profunda y violenta contractura de mis glúteos puso mis nalgas como de piedra por un instante. Una suave brisa disipó el ardor, y la voz de Sara volvió a sonar con toda su dulzura, intercalando sus emisiones de voz con sus soplidos, mientras seguía mojando implacablemente mis nalgas con aquel líquido: “Aguantá Eugenio, (bbbssss) aguantá que (bbbssss) es por tu bien (bbbssss) Aflojate y (bbbssss) levantá bien el culo.”

Julieta y Antonio habían estado contemplando todo desde el borde de la pileta. Al oír mis alaridos y los gemidos de Gustavo, Julieta ordenó a Antonio que se tendiera sobre el césped a tomar sol y se aproximó rápidamente hacia el banco donde Sara trataba de remediar mi flagelado culo. Se arrodilló a mi lado y sopló suavemente sobre mis doloridas nalgas. Sara prosiguió con su tarea de improvisada enfermera, ahora ayudada por la piadosa colaboración de Julieta.

Fueron no más que un par de minutos, pero las sensaciones contradictorias que viví en ese corto lapso son indescriptibles. Sara se metía hasta la médula en su papel de enfermera, torturándome con su líquido ardiente sobre mis llagas al tiempo en que me consolaba con sus palabras cariñosas; Julieta paliaba amorosamente mi sufrimiento con la brisa que manaba continuamente de sus carnosos labios como un beso infinito…
De pronto, Sara metió dos dedos en mi raja y me separó las nalgas.

“Julieta, mirá esto” - dijo manteniendo expuesta la abertura de mi ano.
“¡Eh! ¡Que barbaridad!” - exclamó Julieta.

Durante la paliza, Leticia había lanzado uno de los más feroces cintazos justo en el momento en que yo, copado de calentura, levantaba más el culo. En consecuencia, la hebilla había caído de filo justo entre mis nalgas produciéndome una profunda llaga bien sobre el ano.

Cuando Aurora, mi ama y esposa, dio por terminada la paliza vindicatoria a Gustavo, Sara la llamó.

“Mirá Aurora; esto es más importante que lo que parecía. Esa llaga cruzándole el ano le va a hacer ver las estrellas de todos los colores al pobrecito, y… sobre todo… en ese sitio tu Eugenio tiene una sola soberana que sos vos. Ni yo ni nadie puede osar tocarlo ahí sin tu permiso. Lo sabemos, ¿no?”

“¡Claro que sí, por supuesto” - dijo mi ama observándome el lacerado culo – “Pero ustedes tienen toda mi confianza. Háganle sin lástima la cura que corresponde, y si le duele, ¡se lo tiene merecido por masoca exagerado y calentón!”

“Vos, Sara, curalo como vos sabés… y vos, Julieta, echale aire para aliviarlo un poco.”

“Yo, que tengo manos fuertes, le mantendré separadas las nalgas… y vos, pelotudito, levantá bien el culo, aflojate y no te hagas el difícil, o la vas a pasar peor.”

No recuerdo más nada. Dicen que me desmayé cuando Sara me aplicó sobre el ano el primer algodón embebido en aquel líquido.

Cuando desperté estaba desnudo, tendido boca abajo sobre la cama con un almohadón debajo de la panza. Tenía embutido entre las nalgas un apósito con una crema suavizante y las nalgas embadurnadas del mismo producto.

Mi ama Aurora, nuestras amigas Leticia, Julieta y Carmen con sus respectivos Gustavo, Antonio y Félix, quien recién había llegado de la Ciudad, estaban sentados a mi alrededor tomando mate y comentando todo lo ocurrido horas antes en el jardín.

Antes de revelar que estaba despierto, paré la oreja al relato que le hacían a Félix.
La situación, las risas y, sobre todo, los comentarios que amas y sumisos intercambiaban entre sí me hicieron calentar las mejillas de pudor… ¡pero todo era sólo reflejo de la verdad!

Más allá de la vergüenza pasajera, me sentí contenido por un grupo cohesionado y fiel, en el que yo y mis tres congéneres asumíamos nuestra condición de masocas siervos de nuestras Amas Dominantes y ellas se respetaban mutuamente, fieles a los Códigos de su Sociedad.

Eugenio

Share |

 

inicio
bdsm
tecnicas
equipamientos
elementos
amas
sumisas
servicios
seminarios
cursos
reuniones
club de la casona
fotos
videos
relatos
notas
prensa
blog
facebook
webmail
sado
bondage
spanking
domina
humillacion
disciplina
esclavitud
sumision
amas/os
fetichismo
fantasia

Promueva La Casona del Sado
Adhiera su sitio web o blog BDSM

 
 
Punto Blanco
Web Design

La Casona del Sado - www.lacasonadelsado - Tel.: 54 (11) 4861-7822
Email: info@lacasonadelsado.com.ar